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No deberías hacer una pregunta si no eres capaz de encajar la respuesta.
No estamos aquí para cuidar de vuestros muertos. No importa lo pomposas que seamos. Coloridas, aromáticas o espectaculares, somos débiles y frágiles. No fuimos creadas para proteger.
Me gustaría contarte que, con el paso de los días, nos descomponemos y penetramos la tierra, alcanzando sus cuerpos para transmitirles los sentimientos que nos habéis contagiado. Pero ya no hay tierra ni cuerpos, solo cemento y cenizas. Y aunque los hubiera, nada cambiaría. No es así como funciona, nunca ha funcionado así.
Me gustaría decirte que, al anochecer, cuando desciende el frío y no brilla la luna, les susurramos y entretenemos, les contamos historias y sueños, vuestros logros y fracasos. Pero ya no escuchan, ni recuerdan. Y aunque lo hicieran, nada cambiaría. No necesitan historias, es demasiado tarde.
Me gustaría... me gustaría tener manos y acariciarte, robarte la pena por un instante y enterrarla debajo de esta lápida, porque de ahí ya nada vuelve. Da lo mismo tu mensaje, solo quisiera... liberarte de ese sufrimiento. Pero soy inerte y no puedo. Ni acariciarte, ni hablarte. Te observo y agonizo, te observo y marchito.
Estoy aquí por vosotros, los vivos, porque necesitáis creer que ellos recuerdan que no les olvidáis.
Gota a gota... así empezó todo.
Primavera de 2011. Un día como otro cualquiera, comenzó a llover sobre Popivka, pequeña aldea situada en el extremo este de Ucrania. No era una lluvia torrencial, ni venía acompañada de una sonora tormenta eléctrica. A decir verdad, no había nada de especial cuando el agua comenzó a recorrer las calles. Años más tarde, sin embargo, la mayoría de científicos, al tratar de acotar las causas del Cambio, no dudaría en apuntar al fenómeno originado en la villa ucraniana. Pasaron semanas, meses, antes de que se tomara conciencia de lo que estaba ocurriendo. Llovía, suave pero constantemente. Llovía sobre Popivka, sobre Europa, sobre toda la Tierra; en campos, ciudades y océanos, el agua caía sin cesar.
Las explicaciones físicas no llegaban, los modelos matemáticos erraban en sus predicciones, y entraron en crisis los conocimientos atmosféricos que tantos siglos habíamos tardado en acumular. Las nuevas ciencias, bien aplicadas, como la Pluviología Asíncrona, bien teóricas, como la Semántica del Agua, pronto fueron ganando prestigio en el cambiante mundo que nos urgía a adaptarnos. Nacieron también nuevas religiones, filosofías y un sinfín de pseudociencias. Todas las disciplinas, con mayor o menor rigor, trataban de explicar las cadencias variantes de las precipitaciones, las formas dibujadas ─o imaginadas─ en las columnas de agua, el impacto sobre la psicología social, o la adaptación de los seres vivos a una situación tan desconocida como inhóspita.
Al no ser las lluvias intensas, las catástrofes tardaron en llegar, pero llegaron. Y lo hicieron con implacable vehemencia cuando el agua reclamó como propia alguna localidad antaño ocupada por los habitantes de la Tierra. No se vieron incursiones tentativas en una estrategia digna del más condecorado de los comandantes. El agua avanzaba con la crueldad propia del objeto inanimado, tomando posiciones para no abandonarlas jamás. El mundo tal como lo conocíamos llegó a su fin, y lo hizo mostrando penosas convulsiones, sin entender de motivos o finalidades.
Treinta y seis años, tres meses y doce días de incesante monotonía. Hoy cuesta imaginar un mundo sin lluvia, sin patrones pseudoaleatorios, sin el sonido de las gotas al repiquetear contra el húmedo suelo; un mundo sin nubes informes, sin ciencias hídricas... hoy cuesta imaginar el Sol brillando sobre el cielo de Popivka.
El sol filtraba su luz entre las hojas, cansado y pesado, minutos antes de ocultarse por el horizonte. Anochecía cuando el lobo salió a dar su paseo diario. Canturreaba y jugaba con una moneda que llevaba entre los dedos, mientras recordaba con ilusión la apuesta que acababa de hacer con su hermano. Esta vez ganaría, seguro.
De pronto, un crujido de ramas le hizo volver a su andar cuadrúpedo. Guardó silencio y observó. A escasos metros de donde se encontraba, paseaba una joven de aspecto rollizo, cubierta completamente con una espesa capa de color granate. Llevaba una cesta de mimbre en la mano y tenía un andar grotesco, impropio de su edad. El lobo permaneció inmóvil, tratando de no ser visto.
La joven saltó alegremente en un movimiento torpe, resbaló y estuvo a punto de caer. Al recuperar el equilibrio, soltó la cesta, paralizada ante la visión del animal. Con el cuerpo petrificado, su rostro fue dibujando lentamente una mueca de terror, mientras su color escapaba hacia las sombras del bosque.
El lobo trató de avanzar con cuidado; la muchacha retrocedió, tropezó y cayó sobre su espalda, manteniendo la expresión de pavor.
Al entender lo violento que había resultado el encuentro, el lobo decidió erguirse sobre dos patas, se aclaró la voz y habló con fingida calma.
─Hola, pequeña, lamento haberte asustado, ¿estás bien?
Silencio. La joven permanecía inmóvil.
─Deja que te ayude a levantarte, el suelo no parece cómodo...
El lobo se inclinó, tendiéndole la mano con ternura. Cuando se encontraba a un palmo de la cara de la muchacha, esta se movió bruscamente y le mordió con violencia. El lobo aulló y dio un salto hacia atrás, blasfemando con fiereza.
Todavía rabiando de dolor, aunque con los nervios bajo control, levantó la cara a tiempo para recibir el impacto de una piedra sobre su hocico. Fueron tales la puntería y la fuerza de la tiradora, que le rompió un colmillo y dos dientes al animal, haciéndole caer sobre tierra.
Esta vez, el lobo tardó varios segundos en recobrar la compostura y erguirse en busca de su oponente, a quien ahora pretendía desgarrar piel y carne hasta dejar solo un esqueleto inerte. No vio nada. El bosque estaba vacío, en silencio, una quietud solo perturbada por el constante goteo de su propia sangre.
Corrió en vano buscando algún rastro, alguna pista, pero no encontró más que la cesta de mimbre, en la que la muchacha transportaba una generosa merienda. Cansado y pesado, el lobo se sentó, apoyando la espalda contra un árbol, y comió. El sol acababa de ponerse tras el horizonte.