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La poesía reside en sus ojos, aunque no lo sabrá hasta que sea demasiado tarde. Camina con cautela, con naturalidad, no le importa que le observen, si es que lo percibe. Estudia con constancia y dedicación, con más esfuerzo del necesario. Pudo alcanzar una vida de ensueño, pero no estaba inventada cuando tuvo que elegir.
En un idioma extranjero comienza a sonar el himno de su país. La realidad se bifurca, se distorsiona hasta confundirse con lo que nunca será. Pasa el tiempo y la fotografía se parte. ¿Quién representaba la Trinidad de este Mundo Naciente? ¿Y dónde está ahora?
Con el corazón en la mano, dispuesta a todo, Salema decide saltar al vacío. Un paraíso prometido, un futuro ya pasado, una verdad cargada de veneno. El tejido de la mentira es complejo, tupido, brillante y pegajoso. Difícil escapar, imposible volver atrás.
Sueña sus alas, las despliega y levanta el vuelo. Pero están incompletas, marchitas, débiles, y cae con violencia sobre el suelo. La niña está muerta, hace ya mucho tiempo que decidió esforzarse por sobrevivir en un Mundo Real que odiaba, enterrar la cruz, gozar del placer, envuelta en estiércol.
La distancia sacude la tierra y emerge una imponente criatura. Su grito desgarrador abre un agujero en el cielo, mostrando el espacio exterior en pleno día. Tiemblan las estrellas, el final está cerca.
Sonidos mágicos del más allá se entrelazan formando un camino, una ruta a ninguna parte, al reino de los muertos.
Conozco los límites, el muro amarillo y la sustancia grisácea, la escalera, los globos y el ajedrez, la canción, la nube y el océano. Hay caminos que es mejor no recorrer jamás. No es un error, ni una locura, sé a lo que me expongo pero ya no temo a nada.
El corazón, frágil y cansado, se detiene.