martes, 23 de febrero de 2010

El canto de la sirena

Cuando sople el viento, si no he vuelto, canta como una sirena, y ayúdame a encontrar el camino de regreso.

No estoy loca, no importa lo que opinen los demás. Han pasado cinco años, ¿recuerdas? Si no has vuelto en cinco años, te habré olvidado. Y aquí estoy, olvidando, a mi manera. Vengo todos los días, ya lo sabes. Admiro el mar, lo temo, lo odio. Lloro y trato de imaginar. No puedo recordar tu cara, tus manos... el tiempo me lo ha robado todo.

No estoy cuerda, no importa lo que piensen los demás. Cuando cierro los ojos, veo tu boca, tu pelo. Han cambiado de forma, tal vez, pero los sigo añorando. Abro los ojos, sigo dormida. Y ahí estás, tumbado, a mi lado. Sueño contigo todos los días, ya lo sabes. El pasado que vivimos, el futuro que perdimos... ¿por qué me torturas?

Sopla el viento y no has vuelto, pero hoy no voy a cantar. Por favor, no vuelvas.

lunes, 8 de febrero de 2010

Un mal día

(Esta historia fue presentada a concurso en 2009, y ahora renace dentro del espejo)

Está oscuro. No recuerdo haberme dormido. Estaba pensando en ellos, quizá cerca de encontrar una solución. ¡Bah, no importa!
Me levanto. ¡Ah! Me duele el pie al apoyar. Tengo sangre seca en la planta, junto a los dedos. No recuerdo haberme cortado. Me acerco a la ventana y miro al exterior, con disimulo. Hay un coche aparcado frente a mi casa, creo que no es el mío, ¿estarán vigilándome? Voy a comer algo mientras pienso en la manera de salir sin ser visto.
Resulta irónico, escapar de mi propia casa. Solo hay leche en la nevera y está rancia. La nevera está apagada, ¿desde cuándo? No importa, ya compraré algo por el camino.
¡Ya está!, creo que saldré por una puerta lateral del garaje, pero ¿con estas ropas? la camisa tan manchada llamará la atención, y estos pantalones son incómodos. En el armario solo hay ropa de mujer, ¿es esta mi casa? También tendré que comprar ropa.
Abro la puerta. Hay un hombre con bolsas de plástico en sus zapatos y un gorro de baño en la cabeza. Sostiene una Colt del 45, con un silenciador algo desgastado. Sonríe, parece profesional. Un mal día para levantarse, supongo.

domingo, 7 de febrero de 2010

+H+ (1)

Hola John.

Perdona si por teléfono he sido algo ruda o áspera. Estas últimas horas están siendo muy difíciles, espero que me comprendas.

Ayer sábado me levanté con algo de dolor lumbar y un ligero cosquilleo en las piernas. Creo que no fui plenamente consciente de ello hasta que llegué al despacho. Incluso entonces no le di demasiada importancia, pensando que seguramente se debía a una respuesta del organismo; demasiado estrés y cansancio acumulado en las últimas semanas.
La sensación fue creciendo a lo largo del día, de manera intermitente, eso sí. Traté de descansar por la tarde y dormí un poco. Por la noche me encontraba algo mejor, así que procuré tranquilizarme y acostarme pronto.

Esta mañana, al despertar, no podía mover las piernas. Es una sensación incómoda, terrible, tratar de levantarte y ver que tu cuerpo no responde. Afortunadamente, duermo cerca del teléfono, por lo que pude llamar a mis padres para que vinieran a recogerme. No recuerdo haber pasado una vergüenza semejante en mi vida. Ver a mis padres, ancianos ya, cargar con mi cuerpo, entre la pena y la compasión. No consigo borrar esa imagen de mi retina. No creo que nunca lo consiga.

Ya en el hospital, larga espera, confusión, y un creciente dolor agudo en la base de la espalda. Parece que alguna de mis vértebras presiona algún nervio, lo que ocasiona la parálisis y el dolor. Perdona las imprecisiones, debo reconocer que estaba abstraída mientras el médico me explicaba el problema, con la mente dividida entre el dolor y el miedo. Mi "anomalía" - así la llamó el doctor - requiere una intervención breve, de unas dos horas, y presenta un índice de éxito razonable, entre el ochenta y el ochenta y cinco por ciento de los casos evolucionan favorablemente. Me operarán esta noche, quizá a primera hora de la mañana.

La primera consecuencia es que mañana no podré asistir a nuestra reunión, por favor discúlpame ante Kerl. La segunda es que existe una probabilidad apreciable - entre el quince y el veinte por ciento - de que no vuelva a andar. Estoy aterrada. Creo que preferiría enfrentarme a la muerte. Veo el miedo palpitante en las caras de mis padres y de mi hermano. Tratan de animarme, salen de la habitación, vuelven con los ojos rojos, hinchados. Ojalá tuviera fuerzas para animarles yo a ellos. Lo peor quizá sea ver la extrema amabilidad de las enfermeras que me visitan constantemente. Es como si me vieran débil, vulnerable. Seguramente lo soy.

Lamento no poder escribir más en este momento, pero tengo que descansar. Además, los sedantes empiezan a imponerse a mis reservas y me cuesta mantener los ojos abiertos. Prometo escribir tan pronto como pueda hacerlo.

Sinceramente,
Aubrey.