miércoles, 28 de febrero de 2007

El mimo

A Giogal, el muchacho de ojos tristes.

Cae la lluvia lenta y quedamente sobre el parque. No hay nadie. El mimo mira con ojos cansados el vacío dejado por las personas que abarrotaban los jardines instantes antes. En silencio, las gotas resbalan por su cara inmóvil, arrastrando con ellas el maquillaje blanquecino, dejando surcos interminables sobre su piel. "No tiene sentido seguir aquí", piensa.

Cambia de postura lentamente, por última vez. "¿Cuánto tiempo hace que nadie me observa?", se pregunta. Solo recuerda la cara de una niña, mellada, con una sonrisa ilusionada, fruto de su juventud, de su ignorancia. Un mimo en un parque vacío no es más que una estatua, un mimo sin maquillaje es un lago sin agua. Cansado, calado hasta los huesos, baja de su banco, coge el maletín y comienza a andar hacia casa.

Por el camino, multitud de canciones le invaden la mente, melodías cargadas de significado, de recuerdos, de momentos en los que todavía pensaba que vivir valía la pena. Llora y unas lágrimas azuladas recorren sus mejillas. El camino a casa es corto, pero se le hace interminable. Nadie le espera al llegar.

Abre la puerta con resignación y, como de costumbre, se dirige al sótano para dejar su maletín. Se detiene en la escalera, apoyado sobre la barandilla, pensativo. Sin encender ninguna luz, comienza a recordar sus planes, sus ilusiones. Llora con amargura y las lágrimas se mezclan con la lluvia, con el maquillaje, y caen lenta pero constantemente sobre el escalón en el que descansa. Observa en silencio la enormidad de la sala, con los rincones para juegos, los disfraces, un mundo de imaginación... "¡maldita vida!", murmura entre sollozos. El sótano está vacío.

Se incorpora lentamente, decidido a bajar. Pisa el charco azulado y resbala aparatosamente, cayendo con violencia y estrépito por las escaleras. Al chocar contra el suelo, se parte el cuello. En silencio, con los ojos abiertos, el mimo observa... su sótano... su sueño. Y duerme.

miércoles, 7 de febrero de 2007

La nube de algodón

(Nota: esta historia fue creada a finales de 1999 ó 2000. Sin duda, ahora lo escribiría parecido, pero diferente, pero he preferido mantenerlo igual al original por el cariño que le guardo)

A Lora, hija del Sol, por el día en que el depredador se hizo apacible...


¡Mirad, está nevando!, qué bonito, ¿verdad? Por mi ventana puedo ver cómo se deslizan los copos, poco a poco... diría casi que van flotando, o incluso que alguno de ellos se resiste a moverse por la corriente y se desliza hacia el cielo...
Pero el cielo se mueve deprisa, es más rápido; pobre copito, nunca logrará alcanzarlo; 'si pudiera detener el tiempo por un solo instante', piensa, pero sabe que los copos nunca han tenido ese poder; le consuela pensar que, si parase el tiempo, él tampoco podría moverse, así que el cielo seguiría a la misma distancia, sería un acto inútil, ¿para qué parar el tiempo, entonces?
En su inusual camino, nota el roce del resto de copos, ¿no lo veis? ¿no podéis ver cómo se desgarran sus bordes y caen a gran velocidad en forma de agua, buscando el suelo?
Aunque llegase al cielo, aunque el cielo le esperase, seguramente ya no sería lo mismo, tal vez ni siquiera sería ya un copo...

Pasa a su lado una hermosa nube de algodón; tiene un color rosado y alegre, y permite con su brillo adivinar que el sol debe de estar cerca del horizonte. El suelo a estas alturas es casi uniforme, de color verde. Seguramente nadie puede ver el encuentro desde allí, por eso yo lo cuento...
La nube parece pesada, pero está cargada de buenos sentimientos, se siente ligera... Al ver al copito inmerso en su gran esfuerzo por alcanzar su sueño, no puede más que derramar tiernas lágrimas de pena... Sabe que nunca lo conseguirá, ha visto a otros copos intentarlo y nunca consiguen acercarse... el copito se perderá, no sabe qué decirle, cómo animarle, cómo ayudarle... 'el cielo está hoy especialmente hermoso, ¿verdad?', le dice después de esconder sus lágrimas...
Y cuando el copo se ha alejado de ella, comienza a llorar amargamente... ni siquiera su felicidad es capaz de apaciguar el llanto por la víctima de la ignorancia y la ilusión... Y llora, llora hasta que no tiene más gotas, hasta que su propia existencia peligra... ¿no lo veis? ¡Está lloviendo!

Pero en el copo se ha dibujado la mayor de las sonrisas que ella jamás ha visto, ha valido la pena...