A Giogal, el muchacho de ojos tristes.
Cae la lluvia lenta y quedamente sobre el parque. No hay nadie. El mimo mira con ojos cansados el vacío dejado por las personas que abarrotaban los jardines instantes antes. En silencio, las gotas resbalan por su cara inmóvil, arrastrando con ellas el maquillaje blanquecino, dejando surcos interminables sobre su piel. "No tiene sentido seguir aquí", piensa.
Cambia de postura lentamente, por última vez. "¿Cuánto tiempo hace que nadie me observa?", se pregunta. Solo recuerda la cara de una niña, mellada, con una sonrisa ilusionada, fruto de su juventud, de su ignorancia. Un mimo en un parque vacío no es más que una estatua, un mimo sin maquillaje es un lago sin agua. Cansado, calado hasta los huesos, baja de su banco, coge el maletín y comienza a andar hacia casa.
Por el camino, multitud de canciones le invaden la mente, melodías cargadas de significado, de recuerdos, de momentos en los que todavía pensaba que vivir valía la pena. Llora y unas lágrimas azuladas recorren sus mejillas. El camino a casa es corto, pero se le hace interminable. Nadie le espera al llegar.
Abre la puerta con resignación y, como de costumbre, se dirige al sótano para dejar su maletín. Se detiene en la escalera, apoyado sobre la barandilla, pensativo. Sin encender ninguna luz, comienza a recordar sus planes, sus ilusiones. Llora con amargura y las lágrimas se mezclan con la lluvia, con el maquillaje, y caen lenta pero constantemente sobre el escalón en el que descansa. Observa en silencio la enormidad de la sala, con los rincones para juegos, los disfraces, un mundo de imaginación... "¡maldita vida!", murmura entre sollozos. El sótano está vacío.
Se incorpora lentamente, decidido a bajar. Pisa el charco azulado y resbala aparatosamente, cayendo con violencia y estrépito por las escaleras. Al chocar contra el suelo, se parte el cuello. En silencio, con los ojos abiertos, el mimo observa... su sótano... su sueño. Y duerme.
Día 1803 VDM
Hace 14 años

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