viernes, 18 de agosto de 2006

Retazos de un retrato

Has caminado por el desierto, abrasado por el calor, hasta que tus pies se han posado sobre la arena atravesando tus zapatos, con la lengua seca, las ropas raídas y los miembros desgarrados. Y sigues vivo. El profesor ha muerto, pero tú no eres Edward.

Has corrido por laberintos infinitos, de estrechas paredes y angostos pasadizos. Has vagado perdido, desorientado y engañado. Y has encontrado la salida. El de la cabeza de toro está atrapado, pero tú no eres Hor.

Has perdido al mundo de vista, y el mundo te ha perdido la pista. Has desaparecido, oculto en ningún sitio, con la esperanza de poder olvidar. Y has regresado. El muchacho de ojos tristes se ha perdido para siempre, pero tú no eres Giogal.

Has vuelto a soñar, viajado al pasado que se esconde detrás del pasado. Has mirado a través de tus ojos de niño y has descubierto la forma de unirlo todo. Has aprendido. Momo ha desaparecido y no volverá, pero tú le diste la vida.


Y ahora... ha llegado tu momento, ¿estás preparado?

(Nota: Hor es un personaje creado por Michael Ende, aparecido en su libro de cuentos de fantasía "El espejo en el espejo")

domingo, 6 de agosto de 2006

El globo blanco (1)

El arquero está de pie, erguido, sobre su pedestal. Se trata de una superficie circular de un metro de radio, sin paredes ni barandillas. Puede moverse con comodidad sobre ella, le gusta. Distingue a lo lejos el brillo de un globo rojo, tensa su arco y lo hace explotar. Del interior asoma una esfera de cristal, que cae pesadamente hasta que el arquero la pierde de vista.

Siempre que un globo explosiona, una bola de cristal cae al vacío. El pedestal es tan alto que el arquero no puede ver el suelo, aunque escucha el eco sordo y distante de las esferas quebrándose al chocar contra él. Esferas que cayeron mucho tiempo atrás. Gira sobre sus talones, apunta a un globo azul que subía a sus espaldas y una nueva bola se precipita al vacío.

Nunca se ha preocupado de reponer las flechas que gasta. Lo único que le importa es que siempre que ve un globo, tiene una preparada para hacerlo estallar. Tampoco recuerda cuánto tiempo lleva sobre el pedestal, pero se considera un experto, su puntería es excelente. Con el rabillo del ojo distingue el brillo de un objeto verde elevándose lentamente. Un nuevo globo explota, una nueva esfera cae.

Cuando los globos que revienta están cerca de él, consigue ver a través de la superficie translúcida de la esfera. Ve caras de personas, ve lugares; la gente ríe, grita, canta, llora. Son momentos capturados de vidas distantes. El arquero recuerda cada una de las escenas que ha visto y las hace propias. Lentamente tensa el arco y dispara su flecha. La afilada punta de plata rebota contra la superficie de goma de un globo blanco, y la flecha se parte en dos.

El arquero, perplejo, sigue el avance del globo con la mirada. Sabe que ha acertado de lleno y no vuelve a disparar. El globo se funde con las nubes... con la mirada puesta en las alturas, el arquero lanza una nueva flecha hacia el frente y un globo púrpura explosiona, dejando caer pesadamente su esfera de cristal.

jueves, 3 de agosto de 2006

El peón de plomo

A Manolo, el corazón de Ierna...

Sam vivía en el centro de un tablero de ajedrez, rodeada de brillantes piezas hasta donde la vista le alcanzaba. Las conocía a todas por su nombre, pero hablaba normalmente con las que tenía más cerca, especialmente con un alfil que tenía un acabado asombroso. Era su pieza favorita.

Recordaba que, de pequeña, había andado por el tablero alegremente, y llegado a sus bordes. Y se había asomado al abismo que rodeaba al tablero por sus cuatro lados. Con el paso de los años, el miedo le había hecho alejarse del abismo, y ya solo se movía por el centro.

Las piezas se movían de vez en cuando, se acercaban y alejaban de Sam; algunas incluso llegaban al borde del tablero y se arrojaban al abismo. De vez en cuando, alguna pieza nueva llegaba al tablero. Sam no sabía cómo ni por dónde, pero a veces se encontraba con piezas que no había visto nunca, y ella conocía todas las piezas del tablero. Hacía mucho tiempo que no aparecía ninguna nueva pieza.

Un día, comenzó a levantarse un fuerte viento. Sam no tenía miedo, pues estaba rodeada de fuertes piezas que le protegían. El viento duró varias horas, soplando con fuerza creciente. Pronto se convirtió en tornado y comenzó a arrastrar las piezas que Sam tenía cerca, incluído su alfil favorito. Las piezas, todas de cartón, se arrastraban penosamente hacia los extremos o salían volando y se perdían en el vacío. Sam comenzó a tener miedo e intentó agarrarse a las piezas que tenía cerca, pero cada vez que cogía una, esta salía disparada por los aires.
El tornado se transformó en huracán y la misma Sam se vio arrastrada por su furia. Con el tablero despejado, adivinó a lo lejos, cerca del borde, la figura de un peón, un peón pequeño de plomo que Sam conocía desde que era una niña. A pesar de la fuerza del viento, el peón permanecía quieto, mirando con calma el avance de Sam.

Cuando Sam estaba al borde del abismo, el peón alargó su brazo y estrechó el cuerpo de la muchacha contra el suyo, protegiéndola hasta que cesó el huracán. Entonces aflojó su brazo y dejó a Sam sobre el tablero, completamente desierto.