A mi madre...
- Hija mía, ven, acércate, sin miedo.
- ¿Dó... dónde estoy? ¿Es ésta La Luz de la que todos hablan? ¿Estoy muerta?
- ¿Por qué todos preguntáis siempre lo mismo?
- Lo siento... ¿quién eres? No puedo verte.
- No lo necesitas, pues sabes de sobra quién está detrás de esta voz.
- Después de pasar mi vida entera soñando con este momento para ver tu rostro, ¿no me lo muestras? ¿Acaso no he merecido verlo? ¿Tendré, quizá, mi oportunidad más adelante?
- Dime, hija, ¿por qué te intriga mi rostro, mi aspecto?
- No lo sé; ni siquiera sé por qué estoy aquí. Además, no oigo mis palabras y, sin embargo, tú las entiendes... No veo mis piernas y cada vez estoy más cerca del final, porque lo presiento. No veo tampoco el resto de mi cuerpo pero parece funcionar mejor de lo que jamás lo ha hecho... No puedes esperar una respuesta a mi curiosidad, Señor...
- Sabía que dirías eso...
- ¿Y por qué lo has preguntado?
- Todos merecéis ser escuchados y es mi deber hacerlo.
- Es un poco aburrido, ¿no?
- Hija mía, prestar mi atención a cada uno de vosotros es lo que me llena la existencia. Era mucho más aburrido antes.
- ¿Entonces también sabes que me siento mejor que nunca?
- Así es.
- ¿Qué puedo decir ahora?
- ¿Te entristece dejar lo que dejas?
- Creo que nunca he estado mejor que ahora. Podría volar solo con desearlo, o caminar por las nubes, o divagar por el espacio. Estoy segura de poder hacerlo. ¿Dejo algo más valioso atrás?
- Me alegra ver que te acercas con felicidad... ¡Espera! Un momento, algo falla; algo acaba de ocurrir que me impide dejarte entrar en nuestro reino.
- ¿Has recordado algún pecado mío? ¿Algo que no puedas perdonarme?
- No, al contrario. No ha pasado aquí, sino en el lugar del que vienes.
- Algo realmente importante debe ser, entonces...
- Debes volver.
- No, no quiero; por favor, Señor, déjame entrar.
- Difícil elección. Disculpa, tengo que pensar... Te daré la oportunidad de elegir, pero antes debes saber lo que te ofrece cada alternativa...
- Está bien, dime, ¿qué ha pasado?
- No, no basta con que te lo diga. Volverás por un pequeño instante de tiempo, tan pequeño que las máquinas que te rodean no serán capaces de advertirlo a los médicos. Si decides no quedarte, nadie se habrá dado cuenta de nada.
- Acepto.
- Acuérdate de lo que tienes entre las manos...
- Señor, sabes que ahora no tengo manos.
- Hazme caso... ¿Estás preparada?
- Dime, ¿qué has sentido? ¿Cuál es tu decisión?
- Debo volver. Tenías razón, lo que tengo entre las manos es mucho más de lo que esperaba. Cuando comencé mi travesía hacia La Luz, no era consciente de lo que ocurría realmente...
- Ya te he dicho que ha sido un cambio inesperado. Pero, cuéntame, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión?
- No sé cuánto tiempo ha durado mi regreso, pero la sensación perdura todavía en mi memoria... En mi mano derecha tenía la de mi marido, apretando con fuerza y transmitiendo su pena por perderme y su deseo de recuperarme. Le quiero mucho y sé que él a mí también. En mi brazo izquierdo, descansaba una criatura. Su calor cerca de mi corazón me ha hecho ver que es fruto de nuestro amor. ¿Es así? ¿Realmente he conseguido traerle después de todo?
- Así es...
- Entonces no puedo irme yo, no puedo dejarles ahora. Lo siento.
- No lo sientas, yo te ofrecí la oportunidad de elegir...
- Un momento, sabías todo lo que iba a pasar, ¿no?
- Sí, claro.
- Entonces, ¿por qué me has dejado elegir si sabías cuál sería mi elección? ¿Por qué me has regalado ese imperceptible instante que ha llenado mi corazón eternamente de ilusión? ¿Qué te ha llevado a mostrarme La Luz de vuestro reino, a hacerme recorrer casi todo el camino?
- ¡Doctor, doctor! ¡La mujer ha recuperado las constantes vitales!

1 comentario:
Impresionante :)
Publicar un comentario