domingo, 2 de julio de 2006

El ensombrecedor

- Escucha, muchacho de ojos tristes. Creo que tengo algo que puede interesarte.

- ¿Se… se dirige a mí? Señor… no le veo, no puedo verle.

- Por aquí, ven muchacho. Dime, ¿cómo te llamas?

- Señor, no lo recuerdo. ¡Espere! Ya sé. No existo, así que no debo tener nombre.

- ¿No existes? Mmm.…

Tras frotarse la blanquecina barba, el señor continúa:

- No será un problema. A partir de ahora se te conocerá como Giogal. Giogal, el muchacho de ojos tristes.

- ¿Giogal? No me gusta ese nombre.

- Tendrás que aprender a quererlo, muchacho. La vida como la conocías ha acabado. A partir de ahora, no podrás elegir las cosas. O no todas. Simplemente pasarán y tendrás que adaptarte, si quieres seguir adelante claro. – Y, acelerando el paso, añade: - Rápido, será mejor que lleguemos a la tienda antes de que anochezca. Y todavía debemos cruzar el desierto.

Apretándose en sus capas, caminan a grandes zancadas en medio de la noche, en medio del desierto.

- Señor…

- Silencio, Giogal. No gastes fuerzas hablando. Hoy no vamos a dormir, y mañana te espera un día muy duro.

Giogal no entiende nada, pero asiente y camina. No recuerda cómo llegó al desierto, ni cuándo se hizo de noche. No recuerda nada de su vida pasada, pero algo en el viejo vendedor le resulta familiar, conocido. Es más bajo que él, algo poco común en los adultos con los que Giogal se ha cruzado en su vida. Rollizo, con la nariz muy ancha y un irregular andar casi cómico, a Giogal le recuerda a un gnomo. Sonríe. Pero ¿cuándo le han hablado de los gnomos? ¿Ha conocido alguno? Giogal no lo sabe. Tal vez le lleve a una tienda en la que tenga que entrar agachado, o incluso de rodillas. No le hace gracia esa idea, así que la descarta y piensa en la clase de artilugios que puede vender el gnomo. Y en los precios. Giogal no tiene dinero, no recuerda haber tenido nunca una moneda con la que…

- Muchacho, hemos llegado.

El gnomo saca una manivela del interior de su capa, la ajusta en medio del aire nocturno y la hace girar. Empuja una puerta invisible y penetra en su tienda. Giogal parece divertido por el truco del vendedor y le sigue sin vacilar.

- Pasa, muchacho de ojos tristes. Ponte cómodo, aunque no demasiado, no quiero que te duermas.

El viejo se marcha. No hay mesas, ni sillas. No hay ningún mueble, así que Giogal se sienta en el suelo, mirando la luz que penetra por el cristal del techo. ¿Es ya de día? Entra el gnomo en la habitación con un frasco en las manos. Tiene una etiqueta roída y desgastada, está vacío.

- Tenía miedo de no encontrarte, muchacho. Llevo años guardando este frasco para ti.

- Está vacío.

- Parece vacío, pero no lo está.

Se sienta en el suelo, junto a Giogal.

- Este frasco contiene una sustancia de propiedades increíbles, mágicas incluso. Según parece, la fabricaron nuestros Ancestros y ha pasado de generación en generación, sin que nadie la toque.

- ¿Y por qué yo?

- Porque solo puede usarla un niño. Y eres el primero que veo desde que estoy aquí.

- ¿Lleva mucho tiempo aquí?

- Mucho, sí. No recuerdo cuánto. – Perdiendo su mirada en el infinito, continúa. – Nuestros Ancestros llamaron a esta sustancia “El ensombrecedor” y ahora explicaré cómo debes usarla, así que permanece atento.

Silencio.

- Volverás al mundo tal como lo conoces, con este frasco. Pero ya no tendrás que temer a nada. Cuando algo no te guste o te asuste, bastará con que te untes un poco de esta sustancia en la frente y en pocos segundos nadie te verá, ni te recordará. Será mejor que las primeras veces mires el cambio frente a un espejo. Así aprenderás cómo funciona y luego podrás untártelo en cualquier momento. ¡Pero cuidado! "El ensombrecedor” no durará eternamente. Cada vez que lo uses, desaparecerás hasta que duermas y vuelvas a despertar. Pero si algún día se gasta, ya nunca volverás a aparecer. Nadie se acordará de ti. Habrás dejado de existir. Usa esta sustancia sabiamente, Giogal.

Giogal se quedó dormido sobre el suelo de la tienda y despertó entre las sábanas de su cama. Todo había sido un sueño. Esperó unos minutos, tumbado mirando al techo, porque se había despertado demasiado pronto para ir a clase.

Mientras recordaba los detalles del sueño, oyó que su madre le llamaba desde la cocina.

- ¡Vamos, Gio, levántate o llegarás tarde al colegio!

- ¡Ya voy, mamá!

Apartó con fuerza la ropa de la cama y vio con el rabillo del ojo como un objeto rodaba junto a su pierna. Trató de detenerlo, pero ya era demasiado tarde. El frasco cayó contra el suelo, produciendo un ruido sordo, pero no se rompió. Giró unos segundos sobre su base y se detuvo, de pie, ante la mirada atónita de Giogal.

Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, se formó una dulce sonrisa bajo los ojos tristes del muchacho. Siempre que soñaba con cosas maravillosas, se pasaba la mañana pensando en ellas y en cómo cambiaría su vida si pudiese retenerlas al despertar. Esta vez, el frasco había traspasado la delgada línea que separa el sueño de la vigilia y Giogal se moría de ganas por utilizarlo.

Preparó rápidamente su mochila y salió a desayunar. La mesa estaba ya puesta, con sus padres y su hermana empezando a comer. Su padre leía el periódico con aire distraído. ¿Qué encontraban los adultos de interés en esas hojas aburridas y sin color? Su madre trataba de arreglar el pelo de su hermanita mientras esta se manchaba las mejillas, intentando acertar con las tostadas.

Giogal comió poco y rápido. Estaba ansioso por salir de casa. Cogió el almuerzo de la cocina y entró en su cuarto para coger la mochila, después de haber metido dentro el frasco. El autobús escolar asomó por la ventana y Giogal salió corriendo para no perderlo.

A Giogal no le gustaba su nombre, pero le gustaba menos cómo le llamaban los chicos de su clase. Flautín, le decían, por su delgado perfil. El nombre en sí era ridículo, pero adquiría una musicalidad siniestra cuando se lo cantaban para hacerle rabiar.

Giogal se pasaba las clases en las nubes. No atendía mucho, pero sacaba buenas notas. Al resto de chicos no les hacía gracia. La mayoría se burlaban de él y algunos le pegaban. Sin embargo, le gustaba el colegio. Podía soñar despierto, conocer cosas nuevas y labrar su futuro al mismo tiempo, siempre en su mente. Además, ahora podía desaparecer si le molestaban.

Y le molestaron. Antes de entrar a clase ese día, dos chicos mayores y más pesados que él le arrinconaron junto a los servicios. Giogal logró escurrirse y entrar en el baño entre los gritos y amenazas de los otros. Rápidamente, sacó el frasco, lo abrió y posó el dedo en el vacío interior. Como había dicho el gnomo, no estaba vacío. La textura le recordó a Giogal a la mermelada y, al retirar el dedo, estaba cubierto por una sustancia gelatinosa, ahora de color grisáceo. La untó sobre la frente sin perderse de vista en el espejo.

El tiempo se detuvo. Giogal dejó de escuchar, de sentir. La puerta se abrió y entraron los dos chicos que querían pegarle. Reían y se empujaban amistosamente. No le veían, no estaban enfadados, no le recordaban.

Giogal sintió miedo. Volvía a sentir. Todo era como el viejo había relatado, aunque no entendía la importancia del espejo. Después de todo, el cambio le había parecido instantáneo.

Esperó a que los otros chicos salieran del baño por miedo a que le descubrieran si les tocaba. Cuando estuvo solo, avanzó lentamente hasta la puerta. No escuchaba sus propios pasos, no escuchaba nada. Trató de abrir la puerta, pero su mano no encontró nada que agarrar. Cerró los ojos y la atravesó.

En el pasillo, nadie parecía sorprendido por lo que acababa de hacer, nadie parecía haberle visto.

Anduvo hacia su clase, dubitativo. Atravesó la puerta cerrada. Todos estaban ya sentados y sacando los libros. El timbre había sonado, aunque Giogal no lo había oído. Tampoco oía nada dentro de clase. Solo había un pupitre vacío, el suyo. Avanzó rápidamente para que no le llamaran la atención y trató de sentarse. Pero su cuerpo no encontró nada en lo que apoyarse, y el muchacho cayó cómicamente, con fuerza pero sin ruido. Nadie se reía de él, nadie miraba. Se levantó con cuidado y se quedó de pie, junto a su mesa, tratando de no tapar a sus compañeros.

Pero pronto se cansó. Veía a la profesora mover la boca, pero no escuchaba ninguna palabra. Además, se sentía incómodo estando de pie en medio de la clase. Así que se fue.

Como nadie parecía prestarle atención, estuvo todo el día paseando de un lugar a otro, atravesando paredes, personas, árboles… Se sentía libre, feliz en cierto modo, pero no podía compartirlo con nadie. ¿De qué servía todo eso si no podía compartirlo?

Cuando cayó la tarde, Giogal estaba cansado de andar, así que se fue a casa. Entró directamente por la pared de su cuarto y se acostó.

A la mañana siguiente, volvió a despertarse antes de tiempo. Sentía un bulto debajo de las sábanas, el frasco. Esta vez lo cogió con cuidado antes de moverse. Lo observó durante unos minutos. Nada parecía haber cambiado. Si pesaba o no lo mismo, no lo recordaba, pero no había ni una marca, ni rastro de esa gelatina grisácea, nada. El frasco seguía igual de vacío que el día anterior.

Casi sin darse cuenta de ello, la vida de Giogal cambió rápidamente. Perdió el miedo a todo, ya no tenía que huir. Cuando las cosas se complicaban, podía contar con su frasco. Solo tenía que untar un poco de gelatina en la frente y nada ni nadie podrían hacerle daño. Así, ya nunca volvieron a pegar a Giogal en el colegio, ni volvió a suspender un examen, ni sus padres le riñeron de nuevo.


Pasaron los meses y el frasco seguía igual de vacío y, si su peso había cambiado, Giogal no lo sabía. La tristeza de los ojos del muchacho se extendió a toda su cara, a su cuerpo, le alcanzó el alma y ya nunca volvió a reir.

Un día, después de deambular varias horas por la calle, Giogal llegó a casa muy cansado. Como hacía siempre, entró por su propio cuarto y se tumbó en la cama. Trató de recordar las emociones que sabía había tenido alguna vez, pero no pudo. Estaba completamente vacío. Recordó el sueño del viejo gnomo y pensó que tal vez nunca llegó a despertar. Se dio cuenta de que era la primera vez que tardaba en dormirse desde que comenzó a usar el frasco. Lo buscó con la mirada y lo encontró en el suelo, junto a la puerta, de pie, abierto, y lleno a rebosar de una sustancia blanquecina que parecía poseer luz propia en medio de la oscuridad.

Quiso sentir miedo, pero había olvidado cómo hacerlo. Entonces comprendió que había gastado completamente el contenido del frasco y ya nunca volvería a dormir.

Todos olvidaron el nombre de Giogal, y su cara. El muchacho de ojos tristes había muerto en el recuerdo de quienes le conocían, ya no existía. Había desaparecido para siempre.

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