domingo, 7 de febrero de 2010

+H+ (1)

Hola John.

Perdona si por teléfono he sido algo ruda o áspera. Estas últimas horas están siendo muy difíciles, espero que me comprendas.

Ayer sábado me levanté con algo de dolor lumbar y un ligero cosquilleo en las piernas. Creo que no fui plenamente consciente de ello hasta que llegué al despacho. Incluso entonces no le di demasiada importancia, pensando que seguramente se debía a una respuesta del organismo; demasiado estrés y cansancio acumulado en las últimas semanas.
La sensación fue creciendo a lo largo del día, de manera intermitente, eso sí. Traté de descansar por la tarde y dormí un poco. Por la noche me encontraba algo mejor, así que procuré tranquilizarme y acostarme pronto.

Esta mañana, al despertar, no podía mover las piernas. Es una sensación incómoda, terrible, tratar de levantarte y ver que tu cuerpo no responde. Afortunadamente, duermo cerca del teléfono, por lo que pude llamar a mis padres para que vinieran a recogerme. No recuerdo haber pasado una vergüenza semejante en mi vida. Ver a mis padres, ancianos ya, cargar con mi cuerpo, entre la pena y la compasión. No consigo borrar esa imagen de mi retina. No creo que nunca lo consiga.

Ya en el hospital, larga espera, confusión, y un creciente dolor agudo en la base de la espalda. Parece que alguna de mis vértebras presiona algún nervio, lo que ocasiona la parálisis y el dolor. Perdona las imprecisiones, debo reconocer que estaba abstraída mientras el médico me explicaba el problema, con la mente dividida entre el dolor y el miedo. Mi "anomalía" - así la llamó el doctor - requiere una intervención breve, de unas dos horas, y presenta un índice de éxito razonable, entre el ochenta y el ochenta y cinco por ciento de los casos evolucionan favorablemente. Me operarán esta noche, quizá a primera hora de la mañana.

La primera consecuencia es que mañana no podré asistir a nuestra reunión, por favor discúlpame ante Kerl. La segunda es que existe una probabilidad apreciable - entre el quince y el veinte por ciento - de que no vuelva a andar. Estoy aterrada. Creo que preferiría enfrentarme a la muerte. Veo el miedo palpitante en las caras de mis padres y de mi hermano. Tratan de animarme, salen de la habitación, vuelven con los ojos rojos, hinchados. Ojalá tuviera fuerzas para animarles yo a ellos. Lo peor quizá sea ver la extrema amabilidad de las enfermeras que me visitan constantemente. Es como si me vieran débil, vulnerable. Seguramente lo soy.

Lamento no poder escribir más en este momento, pero tengo que descansar. Además, los sedantes empiezan a imponerse a mis reservas y me cuesta mantener los ojos abiertos. Prometo escribir tan pronto como pueda hacerlo.

Sinceramente,
Aubrey.

1 comentario:

shalom dijo...

triste historia, más triste si sale de una realidad cercana...

Recuerdo una canción, ¿nos contarás cómo acaba la historia?

un abrazo