lunes, 15 de enero de 2007

La escalera

El estudiante se encuentra en medio de un gran escalón, descalzo, con unos pantalones anchos como única prenda, el torso desnudo, mostrando sus grisáceas y desgastadas alas. La niebla no le permite ver más suelo que el que pisa en cada momento. Cree que está subiendo, aunque no lo recuerda, ni sabe por qué. Recuerda vagamente la última vez que se movió. Tal vez solo lo soñó.

¿Soñar? El estudiante no duerme, aunque las largas estancias en cada escalón le permiten pensar profundamente en su existencia, en su cometido; pensamientos límpidos en unas ocasiones, febriles en otras. No entiende por qué se encuentra en la escalera, ni cuántos escalones debe recorrer para llegar a su destino, pero cada nuevo paso le hace sentir más ligero, y puede desplegar un poco más sus alas.

Exhausto, de pie sobre su escalón, no consigue ver hacia dónde debe ir. No recuerda tampoco por dónde ha venido, ni cuándo llegó a la escalera. No recuerda nada que no sea la escalera. ¿Acaso ha estado en ella desde que nació?

Se concentra para dar un nuevo paso, pero es inútil, no sabe moverse. Reflexiona, otea su entorno. Es inútil, no ve nada. Tal vez ha alcanzado ya la cima. Pero... ¿qué cima? El estudiante se desespera y decide descartar esos pensamientos. Se concentra en su respiración. Al menos sigue respirando.

De pronto, se siente preparado para dar un nuevo paso y sube un escalón. ¿Qué le ha llevado a hacerlo? Un cúmulo de pensamientos, quizá. ¿Pensamientos de quién? ¿De él o del responsable de su existencia? ¿Y pensamientos de cuándo? No recuerda haber tenido ninguno recientemente. En cualquier caso, poco importan los detalles, pues se siente más ligero y más cerca de su destino.

El estudiante se encuentra en medio de un gran escalón, descalzo, con unos pantalones anchos como única prenda, el torso desnudo, mostrando sus grisáceas y desgastadas alas...

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