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Granate
El sol filtraba su luz entre las hojas, cansado y pesado, minutos antes de ocultarse por el horizonte. Anochecía cuando el lobo salió a dar su paseo diario. Canturreaba y jugaba con una moneda que llevaba entre los dedos, mientras recordaba con ilusión la apuesta que acababa de hacer con su hermano. Esta vez ganaría, seguro.
De pronto, un crujido de ramas le hizo volver a su andar cuadrúpedo. Guardó silencio y observó. A escasos metros de donde se encontraba, paseaba una joven de aspecto rollizo, cubierta completamente con una espesa capa de color granate. Llevaba una cesta de mimbre en la mano y tenía un andar grotesco, impropio de su edad. El lobo permaneció inmóvil, tratando de no ser visto.
La joven saltó alegremente en un movimiento torpe, resbaló y estuvo a punto de caer. Al recuperar el equilibrio, soltó la cesta, paralizada ante la visión del animal. Con el cuerpo petrificado, su rostro fue dibujando lentamente una mueca de terror, mientras su color escapaba hacia las sombras del bosque.
El lobo trató de avanzar con cuidado; la muchacha retrocedió, tropezó y cayó sobre su espalda, manteniendo la expresión de pavor.
Al entender lo violento que había resultado el encuentro, el lobo decidió erguirse sobre dos patas, se aclaró la voz y habló con fingida calma.
─Hola, pequeña, lamento haberte asustado, ¿estás bien?
Silencio. La joven permanecía inmóvil.
─Deja que te ayude a levantarte, el suelo no parece cómodo...
El lobo se inclinó, tendiéndole la mano con ternura. Cuando se encontraba a un palmo de la cara de la muchacha, esta se movió bruscamente y le mordió con violencia. El lobo aulló y dio un salto hacia atrás, blasfemando con fiereza.
Todavía rabiando de dolor, aunque con los nervios bajo control, levantó la cara a tiempo para recibir el impacto de una piedra sobre su hocico. Fueron tales la puntería y la fuerza de la tiradora, que le rompió un colmillo y dos dientes al animal, haciéndole caer sobre tierra.
Esta vez, el lobo tardó varios segundos en recobrar la compostura y erguirse en busca de su oponente, a quien ahora pretendía desgarrar piel y carne hasta dejar solo un esqueleto inerte. No vio nada. El bosque estaba vacío, en silencio, una quietud solo perturbada por el constante goteo de su propia sangre.
Corrió en vano buscando algún rastro, alguna pista, pero no encontró más que la cesta de mimbre, en la que la muchacha transportaba una generosa merienda. Cansado y pesado, el lobo se sentó, apoyando la espalda contra un árbol, y comió. El sol acababa de ponerse tras el horizonte.
1 comentario:
Seguro que ya lo conoceras pero si no... buscate el cuento de Boris Vian "El Lobo Hombre". Y por si lo dudas, si, es el que inspiro la cancion aquella del "Lobo Hombre en Paris".
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