miércoles, 23 de junio de 2010

Desolación

I

La llave no entraba en la cerradura. Tuve que probar al menos tres veces antes de darme cuenta de que la cerradura era de otro color... ¡ella la había cambiado! Desconcertado, miré debajo del felpudo y dentro de la maceta. No tenía sentido. Si se había tomado la molestia de cambiar la cerradura, ¿para qué iba a dejar una llave a mi alcance?

Me senté en el porche, tratando de digerir la sorpresa. Podía haber llamado al timbre o aporreado la puerta hasta caer rendido, pero no quería despertar a la pequeña, ella no tenía ninguna culpa. Así que me senté en el último escalón y lloré en silencio.

La noche se había vuelto gélida en las últimas horas. Llevaba esa cazadora de cuero que ella me había regalado años atrás. Me sentaba como una segunda piel y, aunque me negaba a reconocérselo, tenía un efecto magnético cuando la combinaba con mi barba de tres días. Con la cara congestionada por la tristeza, no había un ápice de seducción en mi semblante esa noche.

Comprendí de pronto que no tenía dónde ir. Podía pedirle un favor a algún amigo, volver a casa de mi madre o buscar un rancio motel en algún suburbio de la ciudad, pero no era una cama lo que necesitaba, sino un hogar, mi hogar, nuestro hogar. Sin darte cuenta lo construyes, sin darte cuenta lo destruyes, se destruye... lo que sea.

Llevaba semanas sin beber, tal vez meses. En mis entrañas, sentía que había pasado toda mi vida sin probar un trago. ¿Qué coño había ocurrido? Era todo perfecto. ¿Lo era? No, no lo era, la perfección no existe, o es para otros, no para mí.

Me quité la cazadora y la colgué del pomo de la puerta. Necesitaba sentir el frío, sentirme vivo. Caminé durante horas, hasta que los primeros rayos de sol comenzaron a reflejarse en las nubes que cubrían el cielo...


II

Diluviaba. Las primeras luces del día habían quedado rápidamente absorbidas por unos negros nubarrones. Volvió la noche. Estaba tan absorto en mis pensamientos que no había elegido conscientemente el camino a seguir. Solo después de sentir el agua empapándome el cuerpo desperté de la ensoñación, para descubrir que estaba a escasos metros de un puente, en la periferia de la ciudad. Reconocía vagamente el lugar, tal vez por haber conducido por encima de él. Ahora estaba debajo y la vista era muy diferente.

Varios indigentes trataban de luchar contra el frío, rodeando tímidos fuegos, improvisados en cubos de latón. Uno de ellos, separado del resto, me hizo un gesto para que me acercara. "Mal aspecto debo tener", pensé, "para que ese mendigo se apiade de mí". Me acerqué con cautela, disimulando mientras intentaba localizar mis objetos de valor. No tenía nada. Había dejado la cartera, el móvil y las llaves en la cazadora.

El viejo me indicó que me acercara al fuego y así hice. Me sorprendió que no me preguntara nada ni me contara sus penas. Me miraba en silencio, con profunda y sincera ternura. Los primeros minutos me sentí muy incómodo e intenté romper la quietud con alguna trivialidad, pero no me apetecía hablar. Me tranquilicé y quedé en silencio, a su lado, durante un tiempo indefinido.

El día seguía plomizo y resultaba complicado adivinar la hora. Allí estaba yo, sentado frente a un viejo harapiento, en silencio, incomunicado, indocumentado, sin dinero y sin fuerzas. Fue al pensar en todo lo que estaba perdiendo cuando empecé a sentir hambre. Como si me hubiera leído la mente, mi nuevo camarada me ofreció un trozo de carne seca. Estaba algo rancia y con marcas visibles de roedores, pero en ese momento no me importó, necesitaba comer algo.

¿Por qué el viejo no hablaba? Tal vez era mudo. O tal vez llevaba tanto tiempo alejado de la civilización que lo había olvidado. ¿Olvidado? No, en todo caso había aprendido, aprendido a callar. Pocas personas merecen el esfuerzo de mover los labios. Seguramente yo no merecía el suyo. Me sentí insignificante. Me acurruqué cubierto por una manta deshilachada y me quedé dormido bajo el puente...


III

Me despertó un dolor intenso y punzante en la cabeza. Traté de abrir los ojos y volver al mundo consciente, pero un pitido ensordecedor en mi oído derecho me mantenía aturdido. Comencé a escuchar voces, distantes e irreales, y las primeras luces se filtraron a través de la sangre que cubría mi cara, mi sangre.

Entre las carcajadas de un grupo de jóvenes hijos de puta, pude distinguir los gritos de uno de los ancianos, al que propinaban una paliza. Conseguí enderezarme. La sangre no cesaba de brotar y tuve un fuerte mareo que me devolvió al suelo. Mi organismo segregó la adrenalina necesaria para sobreponerme a la bajada de tensión. Enfurecido, abrí los ojos y me levanté, dejando caer la manta.

Uno de los jóvenes, que estaba grabando las vejaciones de sus amigos, alertó al resto al verme con el rostro desencajado por la ira. Mi imagen no era imponente, pero sin duda mis ropas y mi cuerpo no era lo que esos desgraciados esperaban de unos pobres indigentes. Si hubieran sabido lo débil que me sentía, me habrían pateado sin piedad. Afortunadamente, no lo sabían. Salieron corriendo, llevándose con ellos las armas improvisadas con las que nos estaban atacando.

Vi junto al suelo la piedra que me había abierto la brecha en la cabeza y traté de taponar la herida con la manta deshilachada. La infección parecía asegurada, pero prefería detener la pérdida de sangre a toda costa.

Me senté unos instantes para tratar de entender lo que había sucedido. Era de noche, el alumbrado de las calles estaba encendido. Había dormido todo el día, presa del desasosiego. El viejo de la cara tierna no estaba cerca, o yo no podía verlo. Me sentía en la obligación de ayudar a los vagabundos maltratados, pero crecía en mí la necesidad de alejarme de aquel lugar, y quería hacerlo antes de que mis músculos se relajaran.

Comencé a correr, hacia el centro de la ciudad. La gente se apartaba al verme pasar con la cara ensangrentada. Ni uno solo de esos cabrones asustados me ofreció su ayuda, ni una prenda limpia con la que tapar mi herida.

Paré en una cabina para alertar a los servicios de emergencia. No podía sacarme de la cabeza los alaridos de aquel pobre anciano. Me apoyé en la puerta de un establecimiento de comida rápida, uno de los pocos comercios que parecían seguir abiertos a esas horas. ¿Qué horas? No tenía ni idea. Aparté la manta de la herida. La sangre seguía fluyendo en abundancia. No pude soportar la visión. Perdí el conocimiento...


IV

Cuando desperté, tenía un ángel ante mis ojos. Con un estúpido uniforme en lugar de alas, con olor a aceite frito en lugar de brisa marina... pero era un ángel, lo supe en cuanto la vi.

Mientras recuperaba el poco sentido común que me quedaba, me explicó que ella y dos compañeros suyos me habían visto caer en la puerta del establecimiento, y me habían tratado con ayuda de un botiquín de primeros auxilios que pude ver colgado en la pared. Al parecer, la joven muchacha había comenzado los estudios de enfermería, pero la aprensión que le provocaba la sangre (¡qué ironía!) le obligó a cambiar de camino y ahora se encontraba ante la difícil tarea de decidir qué hacer con el resto de sus días, una vez la vida le había partido las ilusiones en mil pedazos. Entendía perfectamente cómo se encontraba, yo me sentía igual.

Era delgada y presentaba un aspecto engañosamente frágil. Se llamaba Aubrey. Su padre le había puesto ese nombre cuando nació, por una canción, con la fútil esperanza de que algún día un chico la buscara por el mundo, sin conocerla. Su madre murió al dar a luz y juzgué que su padre perdió la razón en ese momento. Ella no había tenido ninguna suerte con los chicos, ni siquiera con los que no la conocían. Gran injusticia.

Los dos compañeros de Aubrey dejaron el local aliviados cuando vieron que yo recuperaba la conciencia y era capaz de seguir una conversación de más de dos palabras. En una segunda mirada, la muchacha no me pareció tan atractiva, pero era un ángel igualmente. Nada tenía que ver su aparente mediocridad exterior con lo que transmitía su mirada.

Me incorporé con su ayuda. La cabeza me daba vueltas y los músculos no parecían sostener mi peso. Me apoyé en una mesa para no volver a caer. Me preguntó qué me había pasado, lo que me hizo recordar cómo habían sido mis últimas veinticuatro horas. Intenté contárselo pero fue imposible. Me puse a llorar amargamente. Ella me abrazó, sin importar la mezcla de lluvia, sangre y sudor que cubría mi cuerpo. Y me hizo sentir como en casa. ¡Dios, hacía años que no me sentía así! Eso era lo que había perdido, lo que añoraría el resto de mi vida, en el momento en el que Aubrey alejara su diminuto cuerpo del mío.

Quiso llevarme al hospital, pero me negué. No soportaría un interrogatorio sobre lo que había pasado debajo del puente. Además, por la oscuridad y la rapidez a la que se sucedieron los acontecimientos, no recordaba la cara de ninguno de nuestros agresores, no serviría de ayuda. Tampoco quería que Aubrey siguiera cargando conmigo. Solo quería volver a casa, recuperar mi cazadora, comprar algo de comida y, sobre todo, dormir en una cama. Pero no tenía casa. Aubrey me ofreció su piso...


V

Aubrey me dejó un albornoz para pasar la noche y se encargó de lavar mi ropa. Me ofreció un sofá que tenía en el salón y caí rendido en cuestión de segundos.

Cuando desperté, había amanecido, y ella estaba sentada, en frente del sofá, observándome. Parecía despejada y contenta, dudo que pasara la noche entera velándome. O al menos me resultó más cómodo pensar de ese modo.

Le expliqué, ahora sí, lo que había pasado la última semana, cómo el núcleo de mi vida había saltado por los aires, y me había entregado casi sin darme cuenta al caos de la noche. Me preparó un desayuno delicioso, que devoré con avidez.

Aubrey lloró al explicarme la desdicha que parecía perseguirle en su vida adulta y cómo le asfixiaba la soledad. Me causó gran admiración. Sin ser físicamente cautivadora, era evidente que no tendría problemas para encontrar pareja, de haberlo querido. Pero buscaba algo especial, algo que creía nunca iba a llegar. Pero lo esperaba de todos modos. En cierto modo, envidié su situación, aunque ella parecía desolada. Era más valiente de lo que yo nunca habría aspirado a ser, y por ello se había ganado mi respeto.

Me despidió en la puerta, con un sentido abrazo. La besé en la frente y le deseé suerte en su búsqueda imposible. Sé que la merecía. Nunca volví a verla.

Caminé con decisión hacia la que había sido mi casa. Todavía estaba algo mareado y el sol, pocos grados sobre el horizonte, me hacía daño en los ojos. Aspiraba a llegar antes de que se fuera a trabajar, olvidando por completo que era sábado. Llamé al timbre, usando nuestro código, para que supiera quién era antes de acercarse a la puerta. La abrió, vestida con su pijama, contrajo la cara en una mueca de odio, y pegó un portazo.

Yo estaba anestesiado. No pensaba moverme de allí, porque no tenía dónde ir. Volvió a abrir la puerta, rompió a llorar y se echó a mis brazos.

(Nota: "Aubrey" es una canción compuesta por David Gates e interpretada originalmente por el grupo de pop/rock americano "Bread" en la década de los '70)

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